lunes, 11 de abril de 2011

Patseen o el pino de los tontos

En realidad el nombre más conocido de este árbol es casuarina, y le llaman así porque dicen que sus ramas semejan las plumas de un ave llamada casuario. Con gusto les confirmaría si esto es cierto, si no fuera porque el casuario y la casuarina son de Oceanía, la cual está muy lejos, y además es muy caro llegar allá. Por suerte tiene otros nombres que lo relacionan con los pinos, y de ésos si tenemos de sobra en México (los pinos del género Pinus, como el ocote –tseen- y el ayacahuite, no los pinos de navidad).

La historia de la casuarina en nuestro país es menos conocida que la de otro árbol también originario de Oceanía: el eucalipto, enemigo público número uno de muchos biólogos. Al igual que el eucalipto, se desconoce con exactitud el momento en que la casuarina se plantó por primera vez en México, pero sí se sabe con certeza cuándo ambos árboles se introdujeron de forma masiva. El responsable de dicha acción, que no el culpable, fue Miguel Ángel de Quevedo, mejor conocido como el apóstol del árbol.

Las casuarinas se hicieron famosas en México a principios del siglo XX (en los años 20 más o menos), en el Puerto de Veracruz. Resulta que en el puerto soplan vientos muy fuertes en dirección sur, llamados por ello “nortes”, que han originado una zona de dunas costeras muy grande al norte de la ciudad; cuando llegan los nortes, la arena de dichas dunas es movida hacia el puerto, sepultando lo que se les ponga enfrente.


Casuarinas sembradas para estabilizar las dunas costeras de La Mancha, Veracruz.


Miguel Ángel de Quevedo, quien había estudiado en Francia, aprendió las técnicas que los franceses utilizaban en sus colonias del norte de África para contener las dunas de arena de las costas, entre las cuales es posible que se utilizaran casuarinas, importadas de Oceanía obviamente. Así, Miguel Ángel se hizo cargo de la estabilización de las dunas de Veracruz e hizo plantar un cinturón verde de casuarinas al norte de la ciudad, para que éstas fijaran la arena de las dunas y al mismo tiempo sirvieran como cortinas rompevientos.

Dicha técnica tuvo el éxito esperado, por lo que la casuarina se siguió utilizando en muchas zonas costeras para fijar la arena de las costas. Pero también fue ampliamente utilizada como árbol para reforestación en el interior del país, debido a su resistencia a la sequía y a que pueden crecer en suelos pobres en materia orgánica. Para 1940 era uno de los árboles más utilizados en los programas de reforestación a nivel nacional, y en algún momento de la historia, también llegó hasta la Sierra Mixe.

Pero las casuarinas no son los árboles más ideales para reforestar, cuando fueron introducidas a México no se manejaban aún los conceptos de especies exóticas e invasoras ni se tenía prioridad por mantener y propagar a los árboles nativos. Hoy en día en algunas zonas del Mar Caribe (por ejemplo, en la Reserva de la Biósfera Sian Ka’an, Quintana Roo) se ha demostrado que la casuarina es un árbol agresivo con la vegetación nativa, desplazándola debido a su rápido crecimiento y a que desprenden sustancias alelopáticas, que impiden el desarrollo de otras plantas y modifican el hábitat de numerosos organismos.


El centro de Tlahuitoltepec en 1969. Los árboles de la derecha son casuarinas. Título: Semana santa. Foto: Adrián Martínez González.

El extenso cultivo de la casuarina cerca de las costas motivó a que también se le llamara pino de mar o pino salado, pero el nombre más extravagante que recibió fue el de Pino de los tontos. Se le ha llamado así pues las ramas de la casuarina se parecen a las hojas de los pinos, e incluso sus frutos aparentan ser conos (o piñas) de los pinos, lo cual confunde a cualquier observador. Sin embargo, no pertenecen siquiera a la misma familia botánica: lo que parecen hojas en la casuarina en realidad son pequeñas ramas articuladas de color verde, las hojas son minúsculas y sólo se aprecian con una lupa en la base de cada rama.

Cuando las casuarinas arribaron a la Sierra Mixe, fueron sembradas en los centros de las localidades y en las escuelas. Recuerdo que en Tlahuitoltepec hace ya varios años existían casuarinas alrededor de la cancha municipal, y que después fueron cortadas en una de las múltiples remodelaciones que se han hecho. Más abajo, alrededor de la cancha del Capce aún existen los troncos de las casuarinas. En varios pueblos de la región persisten también, ya viejos, árboles de casuarinas como testigos de los programas de reforestación nacional de mediados del siglo XX, cuando los árboles de Oceanía llegaron a México.

<-<-<-<-<-<-<-<>->->->->->->->

Al ser un árbol no nativo de nuestro país, la casuarina no tiene nombre en el idioma Ayuujk, por lo que la vacante se encuentra disponible. Yo propondría llamarlo patseen, utilizando el prefijo pa- que denota que algo es falso o incompleto, y tseen, el nombre genérico de los pinos (conocidos en la zona como ocotes). Aunque siempre existe la posibilidad que pudiera llamarse mats tseen ¿no creen?

<-<-<-<-<-<-<-<>->->->->->->->

Existe numerosas fuentes de información sobre la casuarina. Pueden hallarse datos sobre su historia en México Forestal, o sobre su taxonomía en la Flora de Veracruz y datos adicionales en el sitio web Malezas de México.

martes, 5 de abril de 2011

Detrás de cámaras

Entre los estudios sobre cuestiones ambientales existe un área de investigación que se dedica a indagar los conocimientos y las percepciones que las personas tienen sobre su ambiente. Por varios años estos estudios se han llevado a cabo en comunidades indígenas o campesinas, lo cual ha generado entre los investigadores una imagen positiva de nuestros pueblos.

¿Hasta dónde ha llegado esta imagen? En estos días encontré dos casos que nos muestran algunas respuestas. El primero es el III Congreso Mexicano de Ecología, en el cual una parte de las ponencias, carteles y simposios presentados tratan sobre la relación entre los pueblos indígenas y su ambiente. De dicho congreso se deduce que hoy en día términos como el manejo sostenible de ecosistemas, la etnoecología, la agroecología y el patrimonio biocultural son componente importante del cúmulo de investigaciones que se realizan sobre Ecología a nivel nacional.

El III Congreso Mexicano de Ecología y la fotografía de Luis Ernesto Nava en National Geographic.


El segundo es el hallazgo de una fotografía en el número de Abril de 2011 de la revista National Geographic en su versión en español. En la sección Detrás de cámaras hay una fotografía de una anciana de Santa María Tlahuitoltepec, el día que se celebró en Tlahui la venta de bonos de carbono. El pie de foto dice:

“En la sierra norte de Oaxaca, México, específicamente en el pueblo de Santa María Tlahuitoltepec, la etnia mixe transitó de las técnicas prehispánicas de roza, tumba y quema al posmodernismo del mercado de los bonos de carbono en sólo 10 años. Ahora esta comunidad, donde el uso del castellano es raro y las mujeres de cada pueblo se diferencian por el color del rebozo, empieza a vincularse con empresas que buscan equilibrar sus emisiones mientras los cuerpos de agua en las zonas reforestadas empiezan a resurgir. Llama la atención particularmente cómo esta etnia encontró una manera de insertarse sin menoscabo de su lengua y tradiciones en un mundo cada vez más competitivo”.

Así como se estudian las percepciones sobre el ambiente, cabe preguntarse si la percepción que los investigadores y el resto de la gente tiene sobre la relación entre los pueblos indígenas y el ambiente es la adecuada o la más próxima a la realidad, y si esta percepción nos beneficia o nos es indiferente, entre otras preguntas relacionadas. Detrás de cámaras, ¿cuáles son las respuestas?

<-<-<-<-<-<-<-<>->->->->->->->